Desde hace muchísimos años el hombre es un ser libre, con capacidad de autonomía, es decir, capaz de comprometerse luego de una libre elección. Esta elección se lleva a cabo como resultado de un conocimiento que define el carácter de una conducta, ya que está vinculado con una conciencia moral que aprueba o desaprueba un determinado acto.
Tanto la moral, como el derecho y los
usos sociales, forman parte de un todo mayor: la ética. Hablar de ética es
hablar del bien y del mal. La ética no es una abstracción. Cada acto está
obrando directa o indirectamente sobre una vida: "Nunca se roba algo, se
le roba a alguien".
Somos seres que basamos nuestra
evolución en gran parte a ese sentido innato de socializar con los demás, es
por ello que el hombre requiere vivir en sociedad política, necesita de los
demás para construir un mundo o ambiente propicio en el cual pueda alcanzar la
plenitud, ósea, la causa esencial de la felicidad.
El bien común es el principio y fin
ético de la política. Será bueno todo aquello que beneficie, tienda, acreciente
o promueva el bien común. Será malo todo aquello que tienda a perjudicarlo,
disuadirlo, disminuirlo, etc.
Siendo la naturaleza la búsqueda del
bien común, perdería su esencia, cuando se corrompe el estado se desnaturaliza.
Corromper, entre otras acepciones posibles, es alterar la forma de alguna cosa;
así el estado corrupto ya no tiende al bien común sino que se desvirtúa
transformándose al provecho de unos pocos.
Para no mostrar con detalle la historia las relaciones entre la
ética y la política, a continuación se mencionaré
algunos de los principios éticos a los que se ha de someter toda actividad
política.
Desde estos principios se obtendrá una concepción integral y digna
de la persona que los sustenta, una justificación y revisión de los derechos
humanos, y una mayor legitimación moral del sistema democrático.
1.
Principio
de la receptividad: Todo
político habrá de ser receptivo a las críticas y quejas de la ciudadanía.
2.
Principio
de la trasparencia: Todo
político habrá de actuar explicando siempre las intenciones con las que toma
sus decisiones.
3.
Principio
de la dignidad: Todo
político habrá de actuar considerando a las personas implicadas en sus
decisiones y nunca como medios solo para alcanzar el poder.
4.
Principio
de los fines universales: Todo
político habrá de actuar distinguiendo con suma claridad lo que son intereses
personales o partidistas, de lo que constituyen en verdad fines universales de
una comunidad o una nación.
5. Principio de servicialidad: En todo
sistema de gobierno hay quienes viven de la
política y quienes viven para la política. Los primeros se
introducen en la vida pública y anhelan los cargos políticos como medios para
acrecentar sus arcas particulares; mientras que estos últimos son quienes se
entregan a la vida política como servidores de una causa, ven en el acceso al
poder un medio para servir a la ciudadanía.
6.
Principio
de la responsabilidad: La mayoría
de los políticos, cuando acusan a otros lo hacen por «falta de
responsabilidad», y cuando se alaban a sí mismos es por haber actuado «por
responsabilidad». Conviene distinguir entre responsabilidad moral, política y
penal. Aunque simplificando, la última la delimitan los jueces, la segunda los
parlamentarios o partidos, y la primera, además de estos, la ciudadanía y los
medios de opinión.
Invito a considerar cuales de estos principios son aplicados en la
actualidad. Debe resultar evidente que la
política carece de ética ya que en mi opinión son muchos de estos principios
los que no son tomados en cuenta desde hace varios años por los distintos dirigentes políticos.
La ética política debe orientarse en fundir tales principios,
cotejándolos con las dinámicas de la vida pública, a fin de comprobar si esta
se deja o no valorar por ellos. Con ambos objetivos la ética política podría
contribuir modestamente a la revitalización moral del sistema democrático y,
por ende, a una mejor defensa de la dignidad de la persona, siempre amenazada
por la corriente del poder y la corrupción.
Es increíble cómo la indiferencia individualista ha llegado a
atrofiar nuestros más profundos sentimientos, cómo nos ha llevado el
egocentrismo a disimular y a enceguecernos frente a aquellas personas que
necesitan y suplican de una mano que las ayude, que les sirva de guía.
Me parece oportuno destacar que la ausencia de la ética política, no es más que el reflejo de una sociedad que también se ha
perdido. Al fin y al cabo, los hombres de la política, forman parte de la
sociedad a la cual representan y dirigen.
Para concluir, me
gustaría dejar la siguiente interrogante: ¿Pudiera surgir aunque sea una minoría
dirigente inmune a tan peligrosa enfermedad como lo es la corrupción, la
ambición al poder y lo peor de todo, la indiferencia? Considero que muchos
debemos comenzar el cambio desde casa, y dejar surgir desde allí, aquellos con verdadera vocación política.
Es imposible pensar que puedan surgir de sociedades ya corruptas
y desnaturalizadas, que no saben de dónde vienen ni adonde van, que han
olvidado su pasado y no tienen visión de futuro, en donde la hermandad es una
palabra cada día más en desuso ya que cada cual busca sobreponerse al prójimo
en vez de mancomunadamente buscar la mejora para todos.
ALIDA C. TURMERO H.


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